EL PRIVILEGIO DE PODER DEJAR DE CUIDAR

 Tener una hija o un hijo con discapacidad no tiene por qué romper una pareja. Pero sí puede poner delante de nosotros una realidad que muchas veces preferimos no mirar: quién cuida de verdad y quién puede permitirse dejar de hacerlo.

Porque cuando una pareja se rompe se reparten muchas cosas. La casa, el dinero, los fines de semana, las vacaciones, las responsabilidades…

O eso dice la teoría.

Porque los cuidados no desaparecen cuando desaparece la pareja. Alguien tiene que seguir estando ahí.

Y demasiadas veces ese alguien es la madre.

Yo podría hablar de corresponsabilidad, de carga mental, de desigualdad en los cuidados. Podría buscar estadísticas y estudios.

Pero hoy prefiero contar.

Literalmente, contar.

Días de las vacaciones de verano que el padre ha preguntado cuándo puede llevarse a su hija: 0.

Días de vacaciones que ha pasado con ella desde que terminó el curso: 0.

Veces que ha preguntado cómo vamos a organizarnos durante el verano: 0.

Veces que ha preguntado si necesito algún día para mí: 0.

Días en los que yo he dejado de ser responsable de organizar sus cuidados: 0.

Veces que ha preguntado si su hija se lo pasó bien o mal en el campamento: 0.

Llamadas para saber cómo estaba después de una intervención odontológica con ingreso hospitalario: 0.

Y podría seguir.

Mientras tanto, hay otra cifra que no es cero.

Los días que una madre está pendiente.

Todos.

A mí nadie me pregunta si ese fin de semana me viene bien cuidar.

Nadie me pregunta si tengo planes.

Nadie me pregunta si estoy cansada.

Nadie me pregunta si quiero pasar unos días sola, irme de viaje, quedar con alguien o simplemente levantarme una mañana sin tener que organizar la vida de otra persona.

Se da por hecho.

Porque soy la madre.

Y sí, puedo.

Claro que puedo.

Las madres podemos con muchísimas cosas.

Pero estoy empezando a cansarme de que nuestra capacidad para poder con todo se utilice como argumento para que tengamos que hacerlo todo.

Poder no significa que me corresponda.

Porque cuidar no es decir que quieres muchísimo a tu hija.

Cuidar es estar.

Es saber cuándo tiene médico.

Es organizar sus terapias.

Es llevarla y recogerla.

Es conocer a las personas que trabajan con ella.

Es preparar una maleta.

Es pensar qué va a hacer durante las vacaciones.

Es preguntar cómo está.

Es preocuparte cuando algo sale mal.

Es reorganizar tus propios planes porque hay otra persona que depende de ti.

Es estar también cuando cuidar es pesado, repetitivo, agotador y poco agradecido.

Eso es cuidar.

Después está el dinero.

Es fácil decir:

«Yo pago 300 euros al mes por mi hija».

Suena estupendamente.

El problema es que solamente sus terapias, actividades y apoyos de fin de semana pueden alcanzar ya esa cantidad.

Y todavía tiene que comer.

Vestirse.

Desplazarse.

Vivir en una casa.

Salir.

Ir al médico.

Tener vacaciones.

Celebrar un cumpleaños.

Romper unas zapatillas.

Necesitar cualquier cosa que necesita cualquier otra persona.

Pero además existe otro coste que nunca aparece en una transferencia bancaria.

El tiempo.

Las horas.

Las noches.

Los desplazamientos.

Las llamadas.

Las citas.

Los papeles.

Las reuniones.

Las preocupaciones.

La organización constante.

La necesidad de estar disponible.

Y, sobre todo, algo de lo que hablamos muy poco:

la libertad de quien cuida.

Porque no es lo mismo tener una hija con discapacidad que ser la persona sobre la que descansan prácticamente todos sus cuidados.

Uno puede organizar su vida.

La otra organiza su vida alrededor de los cuidados.

Uno puede decir:

«Este fin de semana no puedo».

La otra simplemente se queda.

Uno puede decidir cuándo aparece.

La otra no puede decidir cuándo desaparece.

Y todavía podemos escuchar:

«No hace falta que me la lleve. Tú estás acompañada. Puedes con ella».

Sí.

Puedo.

Pero mi hermana no es responsable de sustituir a su padre.

Sus hermanas tampoco.

Que una madre tenga familia, incluso la política, no convierte automáticamente a esas personas en responsables de los cuidados que otro progenitor ha decidido no asumir.

Y entonces aparece una paradoja bastante cruel.

Puedes desaparecer de médicos, terapias, vacaciones, organización, problemas y decisiones.

Después puedes aparecer una tarde.

Tomarte una Coca-Cola con tu hija.

Pasar un rato estupendo.

Quizá hacer una foto.

Y marcharte.

Y seguramente pensar que eres un padrazo.

Mientras tanto, alguien se queda recogiendo todo lo que no sale en la foto.

No digo que todos los padres sean así.

Por supuesto que no.

Hay padres que cuidan, organizan, renuncian, acompañan y están. Y precisamente su existencia demuestra algo importante:

los hombres pueden cuidar exactamente igual.

Por tanto, no estamos hablando de una incapacidad masculina.

Estamos hablando de responsabilidad.

Y también de una desigualdad que seguimos normalizando.

Porque cuando una familia necesita cuidados prolongados, las mujeres continúan pagando una parte enorme de la factura.

Y no solamente con dinero.

La pagan reduciendo jornadas.

Perdiendo oportunidades laborales.

Renunciando a viajes.

Organizando horarios imposibles.

Durmiendo menos.

Teniendo menos vida social.

Aplazando proyectos.

Y sintiéndose culpables incluso el día que se atreven a decir que están cansadas.

Cuando además hablamos de una hija o un hijo con discapacidad, estos cuidados pueden durar décadas.

Por eso deberíamos dejar de medir la paternidad únicamente por cuánto dice alguien que quiere a sus hijos.

Quizá deberíamos empezar a hacer otras preguntas.

¿Cuánto cuidas?

¿Cuánto tiempo estás?

¿Cuánto de tu vida reorganizas?

¿Cuántas responsabilidades asumes sin esperar a que la madre te las pida?

¿Cuántas veces eres tú quien pregunta: «¿Cuándo me toca?» en lugar de esperar a que alguien te recuerde que también eres responsable?

Porque una persona puede querer muchísimo a su hija y, al mismo tiempo, dejar prácticamente toda la responsabilidad de cuidarla sobre otra persona.

Y eso también hay que decirlo.

No quiero que me llamen supermadre.

No quiero una medalla por poder con todo.

No quiero escuchar que soy muy fuerte.

Preferiría no necesitar serlo tanto.

Porque detrás de muchas mujeres que aparentemente «pueden con todo» hay algo bastante menos bonito:

alguien que ha descubierto que puede dejar de hacer su parte porque sabe que ella terminará haciéndola.

Y cuidar a tus hijas no es hacerle un favor a su madre.

No es echar una mano.


No es «quedarte con ellas».

No es ayudar.

Cuidar a tus hijas es ejercer de padre.

Comentarios

  1. Cuanta razón tienes. Cuánto hijos abandoados por padres perfecto.

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